UNA VENTANA PARA RESPIRAR


Con estos extremos atizo
El surtidor de esta vida
Aún rugiendoHacia el aire más transparente
(Adrienne Rich, Oscuros Campos de la República)

Para hacer una política de cambio radical es importante tomar conciencia y desprendernos del sentido del tiempo masculino, lleno de urgencias inmediatas propias para la persecución del poder. Al salirnos del sentido lineal del tiempo, podremos entender y experimentar el espacio y la temporalidad, universal e individual, como un todo, sin fragmentos estancados, tan característicos del sistema. Estamos dispuestas a correr una aventura, a saber que finalmente la "tierra es redonda y no plana", sin olvidar que no podemos manejar todas las coordenadas, pues no pretendemos un modelo cerrado al cual adscribirnos y en el cual "creer". Si tratamos de salirnos de la deshumanización que nos tiene atrapadas a través de las maneras conocidas, nunca sabremos que la tierra es redonda y tendremos que entrar en la lógica del poder y sus armas, corriendo tras los lugares en que se toman las decisiones, convirtiéndonos en cómplices inmediatas y, lo que es peor, a largo plazo del sistema.

Esta cultura cansada, estancada, incapaz de reinventarse, aburridamente repetitiva, confía en que el desarrollo tecnológico-cibernético le dará solución a su deshumanización, por ello el ejercicio que le queda es la reparación, repararse a sí misma. Así los DD.HH. pretenden humanizar la guerra, poniéndole límites que no funcionan, tanto es así, que ahora se inventan enfermedades como armas.

Cuando se instala en el imaginario colectivo la idea de superioridad, de "pueblo elegido", se instala el poder en algunos: el poder de clasificar, controlar y dominar la vida y la muerte, tristemente, con cuentos casi infantiles sobre la supremacía.

Sin embargo, si ejerces la verdadera crítica, si llegas a los núcleos más constitutivos, puedes tener esperanzas, porque te das cuenta de que son modificables. Uno de los núcleos socializadores de esta cultura deshumanizada, es la familia, que sustenta todas sus relaciones en la consanguinidad. Allí aprendemos la obligatoriedad del amor, aprendemos la guerra de los Pérez contra los González. La familia discrimina a unas y a otros, jerarquiza, enseña la obediencia, la dependencia afectiva y todos los prejuicios (clasistas, racistas, sexistas), en el espacio de la consanguinidad, significado por el "amor".

Nosotras tenemos que ir construyendo una cultura basada en una individua completa y en sí misma, con el desarrollo total de su capacidad humana de pensar y de estar expresada, donde sus relaciones se asienten en la "responsabilidad" de su libertad y no en un sentimiento impuesto, entendiendo la vida como un constante descubrimiento, NO como un sacrificio culposo. La sangre sólo genera la culpa, produciendo seres humanos enfermos, y consecuentemente la obligatoriedad del amor, que no levanta libertades y que nos sumerge en los conflictos del odio/amor. La consanguinidad y la culpa nos transforma en "estrategas de la vida", nos paraliza y nos encierra, la mayoría de las veces, en cuentos mentirosos y cínicos.

Hemos vivido en las ideas de los varones: en la edad media tuvimos una larga lucha por tener alma, la conseguimos, pero sin la "cabeza". En el renacimiento, por el conocimiento de la sanación nos quemaron en las plazas públicas. En la Revolución Francesa, pretendimos la igualdad y la ciudadanía, el pensar y el aprender, sin obtener ni lo uno ni lo otro. Ésta es una sucesión de fracasos, una historia de derrotas, porque no hemos logrado mover ni un pelo la misoginia ni la deshumanización del sistema imperante, más aún, las mujeres han permanecido en una feminidad acomodada a los tiempos y "modas" de las ideas políticas, filosóficas, religiosas, estéticas, científicas de la masculinidad.

La feminidad y la masculinidad se analizan como dos lugares sociales, simbólicos y valóricos diferenciados, reconociendo que hay una relación asimétrica y de poder entre ellos, corporalizados en dos seres distintos biológicamente. Desde mi análisis, la masculinidad, al construir su sistema ideológico y valórico -otorgándose a sí misma toda la potencialidad de creación de lo humano y lo divino-, crea y define a la feminidad en su interior, sin otorgarle las capacidades de pensar y de crear, sometiéndola y dejándola atrapada en la dependencia y en la naturaleza/animal. Así este cuerpo, incompleto, simbólicamente femenino no tiene la posibilidad y la potencialidad de la igualdad ni de la libertad.

Las que aceptan, persiguen y legitiman todo lo que valoriza la masculinidad son las que permanecen en la feminidad/masculinidad, somos pocas las que logramos salirnos. Los hombres entienden la vida como una contienda ganada o perdida. El fútbol es un ejercicio de su guerra. Pueden hablar de deportes tardes enteras en un juego de admiración/amor entre ellos y sus destrezas. Es su "guerrita" tras la pelota; pero hay otras guerras paralelas a ella, que matan seres humanos en distintas partes del mundo. La contrapartida del amor a los hombres es la misoginia: el odio a las mujeres. Las mujeres aman a los hombres y los hombres se aman a sí mismos, aunque a veces sean enemigos, pero ¡ojo!, esa enemistad es horizontal, porque se respetan en el juego del vencido/vencedor heroicos, asignándose la capacidad del poder y de la heroicidad. Los varones pertenecen como a una misma nación, las mujeres somos las extranjeras y las refugiadas.

Llevamos miles de años en el intento de tener un lugar propio, de pertenecer al mundo. La invisibilización de nuestra historia implica que permanentemente reiniciemos nuestros procesos. Por la carencia de memoria, de una genealogía, sin visión de futuro, se está siempre en lo inmediato, en la urgencia de mejorar la vida de las mujeres, sin un darse cuenta y repitiendo las reivindicaciones, que empoderan constantemente al sistema. No se generan los lugares para salirse de la masculinidad y crear desde la autonomía y la independencia un nuevo sistema civilizatorio. No se cree en una historia propia. Si nos quedamos atrapadas en la historia oficial de los "avances", sin asumir nuestras derrotas, es difícil desconstruir la masculinidad, salirse de ella, no legitimarla y desobedecer el mandato profundo de amar a quienes nos someten. El sistema nos instala y nos desinstala, siempre que le conviene. Hace y deshace con sus propios patrones. Es una esclavitud profunda, pues aunque instale, acepte y designe en lugares de poder a algunas mujeres, se mantiene el desprecio a todas.

La guerra con sus exterminios y sus campos de concentración es la fantasía extrema de la lógica del dominio. En nosotras, las feministas autónomas, independientes y movimientistas, la fantasía tiene otro curso, afortunadamente, porque percibimos, desde nuestra crítica, la posibilidad de una civilización "otra", profundamente diferente. Nuestra imaginación y nuestro lenguaje, aún impregnados de dominio, dificultan la capacidad de dar cuenta totalmente de ella. Quedarse sin modelos de sociedad, de sexualidad, de ser humanos, de femenina/masculino, de pareja, produce vértigo, porque contiene el desafío de la libertad, de rediseñar formas de relacionarnos entre nosotras y con el mundo, de indagar, de resignificar la palabra, saliéndonos de las creencias y de las urgencias de la masculinidad, otorgándonos el tiempo de conocimiento de nuestro cuerpo/espacio mujer que nos informa sobre los desprendimientos contenidos en la ciclicidad y sus lógicas abiertas. La gran aventura es cuando las pistas no están definidas por una "buenanueva" inamovible de algún ser superior.

El espacio político independiente de mujeres rebeldes es único y prioritario para poder construir sobre nuestros cuerpos, marcados por una feminidad ajena, un significado propio que articule un conjunto de ideas, éticas y razones distintas a las que estamos viviendo. Si no nos colocamos en espacios externos a la cultura vigente, no podremos crear ni ensayar otras formas de vida tanto en lo íntimo, en lo privado y en lo público. Este espacio no es reemplazable: ni por la academia ni por los programas de estado ni por el conjunto de experticidades ni por los partidos políticos ni por las ONGs ni por las religiones, pues estos ámbitos no son neutros, son política y simbólicamente masculinos. Salirnos de la masculinidad-feminidad, es salirnos de su lógica de dominio que impregna todos nuestros discursos y nuestras prácticas, de la feminidad marcada por la "intuición mágica" contenida en un cuerpo que "da la vida" y que nos inclina, por excelencia, a ser las "creyentes".

Este espacio político tiene que partir por un deseo/pasión de construir una nueva cultura, con nuevos valores, nuevas costumbres, y en la confianza de que somos capaces de inventar algo mejor. Las mujeres tenemos que adentrarnos en la pasión de crear sociedad y esto lleva un compromiso de permanencia y lealtades, político/públicas entre nosotras, con una actuancia, para constituir un referente claro de una propuesta civilizatoria que le dé continuidad y proyección a este lugar histórico. El pensamiento inteligente se instala en la libertad, en la autonomía, en la independencia, en el yo que hace válidas las propias ideas junto a otras y otros. Abandonar formas de relacionarnos dependientes e infantiles tanto entre mujeres como con los varones y sus instituciones, nos conduce a crear relaciones horizontales, libertarias y finalmente fundadoras de nuevas razones que den inicio a una civilización abierta. La horizontalidad contiene el desafío de la ruptura de las jerarquías, del abandono del juego del poder de dominio y el descubrimiento de otros contenidos del poder que hagan posible entrar en el reconocimiento de saberes, limpios de autoritarismos, y de quienes los gestan y practican. Todo esto se logra desde espacios definidos, responsables de sus límites, de su preparación, de su historia, de sus propuestas, es decir, desde un lugar pensante, actuante con continuidad y expresado, no desde un feminismo reivindicativo, funcional y amébico ni tampoco desde un feminismo que exalte lo "femenino", lo intuitivo y lo romántico-amoroso.

Esto tiene un "costo" entre comillas -que a fin de cuentas es el beneficio- y es el hecho de que te quedas fuera hasta encontrar que el "afuera" es el único lugar que tiene este experimento de vivir y compartir en el presente la libertad que es la buena vida. Y estoy hablando desde mi experiencia, desde este lugar es posible, realmente, una reflexión-actuancia política, autónoma y movimientista, no reciclable.

A pesar de nuestras derrotas, está el triunfo de haber resistido a esta cultura que hoy tiene al mundo al borde del desastre, al borde del "gran accidente". Hay una deshumanización de la humanidad. Nadie es capaz de sostener con cierta dignidad el futuro de la vida: la mayor parte de las energías de los seres humanos se usa para destruir y destruirnos. La pulsión humana de la vida es la vida y está dañada.

Las mujeres no somos responsables de esto a pesar de que recibimos el mayor impacto. Los hombres, en cambio, se sienten orgullosos de su cultura y poseen una genealogía que los hace sentirse en la historia. Las mujeres sabemos perfectamente de esos "grandes" hombres, que únicamente nos reconocen como "madres" y no como personas, aprendemos sus nombres y las fechas en que dejaron la hecatombe como si fuéramos también protagonistas de ella. No hay ni uno de esos héroes, profetas, historiadores, filósofos, científicos, artistas, que no haya sembrado la misoginia de alguna u otra forma, ni siquiera en los tiempos de la exaltación de la "igualdad" o de la "posmodernidad".

Mientras sigamos creyendo que somos parte y protagonistas de esta historia que se dice de la "humanidad", seguirá el odio hacia y entre las mujeres. El odio entre mujeres es tremendo, porque contiene el odio a sí misma, experiencia que no tienen los hombres: son nuestros cuerpos los que nacen en una cultura misógina, donde paradójicamente se debe amar a quienes te inferiorizan y esto es muy violento. Las lesbianas se salen del destino de amar a un hombre, pero no siempre de la feminidad. Por ello no basta ser lesbiana, ni basta ser mujer ni feminista, hay que provocar una cultura de mujeres pensantes y actuantes. Tenemos que armar mundos ideológicos-éticos y actuar consecuentemente. Abrir una ventana para respirar en una cultura que casi ya no respira.

 

   

 

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